Título: Historia de una maestra.
Autor: Josefina R. Aldecoa
Editorial: Anagrama Ciudad: Barcelona, 1990
Colección: Compactos
Ilustración: Ángel Jové
En mi opinión, el argumento del libro leído, aún habiendo sucedido en la República y la guerra civil de España, nos incumbe más de lo que creemos. Gabriela, que así se llama la protagonista, termina la carrera de magisterio dispuesta a sumergirse en innumerables acontecimientos que bajo mi punto de vista hoy día siguen presentes.
Tras su graduación, a pesar de ser advertida de los impedimentos y dificultades que correría, Gabriela decide irse. Irse a ejercer su vocación, la enseñanza. No sólo la enseñanza de unos conocimientos plasmados en letras tatuadas en libros, sino de un sin fin de resoluciones de incógnitas que nadie en esa época quiso destapar por miedo a la sociedad en la que estaban sumergidos. La mujer debía estar en casa y sólo ocuparse de las labores domésticas, mientras el hombre se dedicaría al trabajo que iría más allá de la puerta de su hogar. Viendo que a sus clases asistía el sexo masculino mayoritariamente, decide implantar clases a las mujeres del pueblo, de labores, resolución de dudas de la vida rutinaria…y así aprovecharía para intentar introducirle a cada una de sus alumnas la idea de que su limitación la marcaban ellas, no el guión que les había sido impuesto, en el que ellas sólo eran personajes secundarios. En su llegada al pueblo destinado, al intentar encontrar cobijo, sin explicación aparente, el pueblo no permite que se vaya a vivir con el cura de dicho pueblo, ya que con el transcurso de acontecimientos llega a la conclusión que el impedimento era el miedo al poder, miedo a que dos grandes fuerzas se unificaran y se fortalecieran aún más: la iglesia y la educación.
Después de un tiempo en dicho pueblo y tras caer enferma, el padre de la protagonista decide ir a por ella y regresarla a casa, donde se prepararía para el día de mañana poder elegir destino donde seguir ejerciendo su profesión. Gabriela decide viajar a Guinea, donde conoce a alguien que con el tiempo, se daría cuenta de que había sido un gran maestro en múltiples ámbitos de la vida, su vida. Emile, su amigo y médico, le muestra el conocimiento, el no tenerle miedo a lo desconocido, el querer seguir creciendo y un sin fín de aspectos que quedarían grabados en su memoria. Ella seguía y seguía trabajando, y mandándoles dinero a sus padres, aunque ellos insistieran en que no era necesario, pero ella lo creía así, ya que consideraba que les debía el lugar donde estaba en esos mismos momentos.
Una vez más, Grabriela, vuelve a enfermar y tiene que regresar a España, donde conoce a Ezequiel, un compañero de oficio que más tarde también lo sería sentimentalmente, y que aún sin estar totalmente enamorada, limitándose a un acomodamiento social, le daría una hija, Juana.
Como profesionales de la enseñanza, se dedicaban a ello, hasta que la situación en la que estaban, sólo permitía que Ezequiel pasara gran parte del día fuera de casa, intentando solucionar el medio en el que estaban en esos años, mientras que Gabriela cuidaba de Juana. Bajo mi punto de vista, se vuelve a limitar a la mujer a las labores domésticas y el cuidado de los hijos mientras los hombres son los héroes de todo acontecimiento a recordar. En esos largos y oscuros días, la protagonista no puede evitar acordarse de su amigo, el doctor, y de lo distintas que habrían sido las cosas si hubiera continuado a su lado, pero se conforma con la “felicidad” y estabilidad que le aporta Juana, y un marido, que con el tiempo iría dejando a un lado la que creía su función y vocación para dedicarse a asuntos políticos.
Con la Republica , llegaron las misiones pedagógicas, en las que veían alguna esperanza de trasladar la cultura de cada pueblo, utilizándolas como vagón en un tren de conocimientos.
Cansada de estar siempre a expensas de lo que pudiera pasar tras la puerta de su casa, y de no poder acompañar a su marido a ninguno de los acontecimientos que asistía, y de que éste, no mediara apenas palabra con ella, Gabriela decide irse con su hija a casa de sus padres, a pasar la temporada de verano. Su padre fallece, y al tiempo de estar allí en compañía de su madre recibe una carta que reflejaba el triste desenlace del fusilamiento de su marido, Ezequiel.
Hay un párrafo del libro que me hizo leerlo una y otra vez, al parecerme estar repleto de significado y veracidad:
“Cuando repaso lo vivido se me aparece como una seria de secuencias de una película. Lo que no se comparte no deja huella ni nostalgia. No se siente pesar por el bien perdido en soledad. Tampoco el dolor sufrido a solas sirve de referencia pesarosa.”
¿Triste?, ¿un libro?, ¿una historia?, ¿un pasado?. Mucho más que eso, más bien un presente, un continuo, en el que nosotros como futuros docentes somos los principales responsables de ponerle fin a este falso mito de que la educación es una carrera sin prestigio, sin validez positiva de inteligencia, ya que nosotros somos los responsables de formar a todos esos futuros médicos, arquitectos, docentes, amas de casa y cualquier persona que este ansioso de formarse, así que pongámonos manos a la obra, porque somos los primeros inconscientes de la responsabilidad y confianza que ha sido depositada en nosotros.
Dejemos la republica y la guerra civil atrás para poder mirar hacia adelante y ejercer de lo que a día de hoy estamos siendo preparados vocacionalmente: EDUCADORES.